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Salud mental en el trabajo: señales para una detección temprana de problemas

Escrito por Esther Enales

Directora de Gestión del Cliente de IMQ Prevención

Salud mental en el trabajo: señales para una detección temprana de problemas

El deterioro de la salud mental se puede detectar de manera temprana. Existen diferentes señales que indican que el personal está atravesando problemas. Si se las reconoce a tiempo, será posible evitar las peores consecuencias. Así, la organización no tendrá que padecer de absentismo o de un mal clima social.

Cambios bruscos en el comportamiento

Es uno de los indicadores tempranos y uno de los más infravalorados. Consiste en transformaciones sostenidas y perceptibles en la forma de actuar, comunicarse y relacionarse dentro de la organización. Es importante no confundir estos síntomas con variaciones puntuales del estado de ánimo.

Los cambios suelen manifestarse como disminución repentina del rendimiento, pérdida de iniciativa, mayor irritabilidad, respuestas desproporcionadas ante situaciones cotidianas o un aislamiento progresivo respecto al equipo. Esto puede traducirse en que una persona trabajadora que antes asistía de forma activa a las reuniones deja de hacerlo. También que un profesional muy meticuloso comience a cometer errores frecuentes.

Estos síntomas suelen asociarse a la sobrecarga de trabajo, el descontrol sobre las tareas, conflictos interpersonales o hasta por inseguridad laboral. Si no se gestiona a tiempo, puede derivar en un estrés que, según el caso, llega a volverse crónico. Incluso es posible que se den cuadros más complejos, como ansiedad, depresión o síndrome de burnout.

Dificultad para cumplir tareas habituales

No son errores aislados o un descenso puntual del rendimiento, consiste en una incapacidad progresiva para ejecutar funciones que antes se llevaban a cabo con normalidad, competencia y autonomía.

Es una señal que se manifiesta con retrasos reiterados en la entrega de trabajos, bloqueos ante tareas rutinarias, problemas de concentración o en una necesidad constante de supervisión en procesos que antes no la requerían. La indecisión es otro síntoma común, al igual que la dificultad para priorizar o la sensación de desbordamiento ante tareas, en principio, asumibles.

Tales alteraciones se producen por diferentes problemáticas. De entre ellas destacan la sobrecarga sostenida de trabajo, la ambigüedad de las atribuciones del puesto laboral o un clima organizacional que se ha deteriorado. Por descontado, no prestar atención al estado de la persona trabajadora solo ayudará a que su malestar crezca. Si se incrementa la presión o la demanda de rendimiento, es posible que el profesional termine por coger una baja o dejar la empresa.

Incremento de ausencias o bajas

La última es la señal más clara del deterioro de la salud mental de un trabajador o de una trabajadora. Se manifiesta como un aumento intermitente del absentismo, más días de incapacidad temporal o con la repetición de bajas de corta duración. En cualquier caso, se evita acudir al puesto de trabajo durante el mayor tiempo posible.

En una fase temprana, el patrón comienza con ausencias puntuales pero frecuentes, que se justifican debido a molestias físicas poco específicas, como cefaleas o fatiga. Lo normal es que estos síntomas tengan un componente psicosomático vinculado al estrés sostenido. Con el paso del tiempo, y si no existe intervención, las bajas se vuelven más prolongadas y se asocian a trastornos de ansiedad, por ejemplo.

Es fundamental analizar más allá del dato agregado del absentismo de la persona trabajadora. Conviene tener en cuenta la evolución por equipos, departamentos y cargas de trabajo. Un aumento concentrado en determinadas áreas puede indicar factores de riesgo psicosocial: liderazgo inadecuado, presión excesiva por objetivos, falta de recursos o conflictos internos no resueltos.

H2 ¿Qué puede hacer la empresa?

  • Revisiones psicosociales breves y periódicas. Realizar evaluaciones internas cada seis o doce meses mediante cuestionarios validados permite identificar niveles de estrés, carga mental, percepción de apoyo y clima laboral. Se debe mantener la confidencialidad y se orientan a la mejora, no al control.
  • Formación de mandos intermedios para detectar señales tempranas. Los responsables de equipo necesitan competencias específicas en liderazgo saludable, comunicación empática y detección de cambios conductuales significativos. Así, podrán intervenir antes de que el problema escale.
  • Espacios de conversación privada y confidencial. Establecer canales formales para que las personas puedan expresar dificultades sin temor a represalias es clave. Reuniones individuales periódicas, políticas de puerta abierta o acceso a orientación profesional externa refuerzan la percepción de apoyo.
  • Pausas activas estructuradas durante la jornada. Promover descansos breves, movilidad física ligera o ejercicios de desconexión cognitiva reducen la fatiga mental y mejoran la productividad sostenida. No es tiempo perdido, sino inversión preventiva.
  • Límites claros a la hiperconectividad. Definir horarios razonables de comunicación, evitar la expectativa de respuesta inmediata fuera de jornada y regular el uso del correo electrónico o mensajería corporativa disminuyen el estrés digital y favorecen la recuperación psicológica.
  • Revisión de cargas y objetivos. Ajustar metas a recursos reales evita la cronificación de la sobrecarga.

En definitiva, la organización debe velar por la salud mental de las personas trabajadoras. Si se detectan los primeros síntomas de deterioro, es importante actuar de forma rápida y personalizada, siempre buscando solucionar el problema desde la raíz.

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